¡Cuán dulce es el retorno a los seres queridos, después de larga ausencia!

Los seres queridos para mí, son mis amables lectores de Popular Film, a los cuales hace cerca de cuatro meses que no pude entretener con mis charlas, y a ellos vuelvo, tódo corazón y franqueza, con las presentes malhilvanadas líneas.

Inauguro mis crónicas cinematográficas con una interviú del ya muy popular director de la película «Colorín», próxima a estrenarse, Adolfo Aznar.

Adolfo Aznar o Colorín, nombre por el cual se ha hecho popularísimo, es el director más modesto y bondadoso que pueda existir.

De carácter amable y campechano y de una cortesía extremadísima, es fácilmente abordable, por lo que no fue difícil verle en los grandes laboratorios cinematográficos «España Film», donde le encontré envuelto en una baraúnda de descartes y títulos, en donde difícilmente se le veía destacar.

Separé la masa peliculesca, cual si fuese una cortina, y preguntando si podía pasar, empecé el reportaje beneficioso para mí y martirizante para él.

— Dígame algo sobre la película «Colorín» — le indiqué.

— El argumento — me contestó rápidamente — está inspirado e interpretado por verdaderos artistas, los cuales viven esta vida realmente. Por la pantalla desfilan modistillas, bailarinas, tanguistas, excéntricos, etcétera, la protagonista Dina Montero personifica uno de los tipos madrileñísimos modisteriles que tan simpáticos son a todos los públicos.

— ¿Usted cree que la protagonista cumple con los cánones cinematográficos?

— Creo firmemente que esta cinta la colocará a una muy considerable altura, estando satisfecho de ser el director que la dé a conocer, ya que, dada su simpatía, por ella y para ella escribí y puse en práctica esta comedia.

Y al decir esto Adolfo Aznar, habla más con los ojos que con la boca; tal era el entusiasmo que en estas frases puso.

— ¿Qué escenarios ha escogido usted para su film?

— Como exteriores los parques y jardines más bonitos de Madrid, así como los barrios más típicos y pintorescos por su antigüedad, no dejando tampoco a un lado la parte moderna de Madrid a la que se ha rendido también un homenaje.

Los interiores han sido construídos artificiosamente con toda clase de detalles hasta los más ínfimos, pero también hemos rodado muchas escenas en interiores naturales, como estudios de artistas, talleres de modistas, cabarets y Círculo de Bellas Artes, cedido galantemente por su directiva.

— ¿Usted cree que antes de decidirse a filmar un asunto debe estudiarse detenidamente?

— Yo creo que es mucho más penoso el trabajo de preparación que el de filmación, y que el estudio concienzudo del primero produce los efectos del segundo. Mi película fué muy estudiada antes de llevarla a la práctica, y de aquí que confíe en el éxito de ella, pues creo con el refrán, que quien bien comienza bien acaba.

— Así sea y así se lo deseo de todo corazón — le replico yo rápidamente.

Y Aznar, dándome cortésmente las gracias, sigue su amena y rápida charla que tanto me cautiva y entretiene.

—Ya sé — me dice — que se comenta en corrillos y mentideros de café que ninguno de los artistas escogidos por mí tienen un nombre ya conocido y popular, y de aquí también que algún malicioso deduzca que es que yo trato de prescindir en mis películas de los elementos ya consagrados por vox populi; nada más incierto que esto, pues si yo en este film no contraté ninguna estrella del firmamento cinético, fué únicamente por un exceso de delicadeza por mi parte, pues siendo la primera película que yo dirijo, no quiero arrastrar conmigo, en mi problemática aventura, el nombre ya reputado de los buenos artistas españoles.

—Debo, sin embargo, aclarar que los actores escogidos por mí no pudieron adaptarse mejor en sus papeles, dada la coincidencia de que las escenas desarrolladas en este film coincidían exactamente con las sufridas en su vida por alguno de estos buenos muchachos que las desempeñaron.

— ¿…?

— Creo firmemente que la cinematografía española marcha a pasos agigantados hacia las fronteras, y que no tardará en pasarlas con facilidad, ya que la confianza de los capitalistas en nosotros es cada vez mayor, pero mucho más prosperaría la filmación, si ellos vieran el asunto películas, más como negocio que como egoísmo, desapareciendo el interés de algunos de estos señores hacia determinada artista, ocurriendo así el fracaso de algunas películas por lo mal interpretado del negocio. Hay que fomentar el arte y solicitar el concurso de verdaderos artistas; el dinero es base primordial de este nuevo arte, pero también lo que menos debe influir en la dirección artística; hay que depositar toda la confianza en el director, o no inmiscuirse con la cinematografía, el director es el único responsable del éxito o del fracaso, y él, por lo tanto, es el único que debe asumir toda responsabilidad artística o moral.

— ¿Y usted cree que en la técnica ha dado un paso hacia el progreso?

— Sí, señor; a pesar de los escasos elementos con que he contado, he logrado trucos y efectos hasta ahora no puestos en práctica por ningún director en España, y dicho sea de paso, he tenido una interpretación eficaz con el operador de España Film, Segis, de cuya labor he quedado satisfecho.

— También contribuyó con su granito de arena el conocido fotógrafo Amador, a cuya pericia fué encomendada la hermosa propaganda fotogénica de que disponemos.

— Cuénteme alguna anécdota ocurrida durante la filmación.

— Colorín, como es sabido, era un hermoso pajarito que tenía que vivir prisionero en su celdita de alambres y cañas, y para desempeñar este papel compramos un jilguerito al cual tuve que amaestrar diestramente, pero sucedió que un día, ya avanzada la película, al filmar una escena en la que había que sacarlo de la jaula, el pobrecillo, cansado tal vez de su largo cautiverio, o no gustándole ser artista cinematográfico, voló rápidamente hacia el espacio sin hacer caso de las mimosas llamadas que le lanzábamos. No hubo más remedio que buscarle un «doble» que tuviese, desde luego, el mayor parecido con él y al cual tuve que enseñar en menos de dos horas a trabajar como el anterior. Este se portó mejor, o se dio cuenta del importante papel que desempeñaba, y con él terminé las escenas que me dejó colgadas el otro, dándole, en premio, la libertad al final de la cinta.

Y viendo que por mi charla había retrasado el penoso trabajo de empalmar y dar los últimos tijeretazos a «Colorín», me despedí cariñosamente de Aznar y de su ayudante Javier Colmena, que no ha levantado cabeza durante nuestra charla, ensimismado en el empalme de los numerosos cortes que daba Aznar, y abriéndome paso por aquella alfombra de película, la que bien pudiera ser modelo para algún monumento con que pasado el tiempo quisieran dar homenaje a un director contemporáneo, me despedí de tan culto director.

Y, dicho sea de paso, de ser alguno al que se dedicase dicho monumento, yo deseo vehementemente que fuese el de Adolfo Aznar.

Y «Colorín» Colorao…

Thom Duch

Madrid, septiembre 1928