Sabido es, porque así se ha significado en el Congreso de cinematografistas celebrado a fines de marzo en París, que Barcelona es la primera plaza mercantil de la muy importante manufactura cinematográfica; y nadie ignora las relaciones comerciales existentes entre esta plaza y las repúblicas sud-americanas para los efectos de exportación, tanto en lo que se refiere a lo que es de carácter y gusto universal cuanto a lo que de especial fabricación y carácter particular existe en el comercio.

Quizás a ello y a lo populoso de la capital, a la variada y constante fluctuación de la población, a un gusto especial que en nuestros explotadores se ha arraigado o a las exigencias de nuestro público, es el caso que al presente Barcelona bate el record del mundo en número de cinematógrafos, en lujo y elegancia, en higiene y comodidad, y a tal punto, que, no en la capital, pero que ni siquiera en las más apartadas barriadas existe ya un Cine en que no se refleje exquisito gusto y delicada forma en la construcción.

A la barraca ha sustituído la obra de fábrica; a las percalinas, la pintura; a las banderolas, los remates de refinado arte; a los adefesios que con sus voces atraían al público, los derroches de luz y colorido; a las banquetas de madera sin cepillar y sucias, las buenas elegantes sillerías; a la mesa revestida de paños de chillones colorines para el despacho de localidades, las vistosísimas, artísticas y elegantes taquillas perfumadas y engalanadas de flores naturales en cuyo centro destácase linda, hermosa, desenvuelta, simpática, y graciosísima taquillera que con sonrisa angelical y exquisita monería coloca en manos de su público la localidad que adivina se desea.

En la mayoría de las salas de espera, nótase cierto confort, cierto bienestar, propio solamente de los grandes centros de diversión, en donde los detalles que se requieren se pagan con explendida largueza. Aquí ro, 15, 20 o 25 céntimos y, por tan insignificante cantidad, se disfruta de un interminable y culto espectáculo, y hasta de tertulia familiar y amigable si llega el caso.

Noches pasadas nos acompañaba en una excursión por los cines de la capital nuestro queridísimo amigo el inteligente cinematografista francés Mr. Boujou, que actualmente verifica una excursión por España, a propósito de su negocio, y confesaba, que de cuantas poblaciones conocía en Europa ninguna podía competir con Barcelona en gusto y en riqueza por lo que a cinematógrafos se refiere; y le entusiasmaba ver como entre un cuerpo de soberbios edificios adornaban y daban cierto tono de alegría los inmensos pórticos de muchos cinematógrafos. Y por lo que respecta a la delicadeza con que al público se trata, en general, quedó completamente encantado.

Al final de nuestra excursión y de la conversación que durante la misma sostuvimos nos rogó que en nuestra revista diéramos a conocer la riqueza que aquí se encierra, entre otras razones por entender que es obra patriótica por medio de la cual tendrá conocimiento el extranjero de cómo aquí se trabaja el prodigioso invento de Lumiére, además de que se debe fomentar y vulgarizar por España y por el mundo entero todo cuanto es digno de imitación, tanto más cuanto que ello redundará en beneficio del público primeramente, que es el que paga, y del arte que bien merece que se despierte en su obsequio el estimulo y la emulación de las empresas de muchas grandes capitales de Europa.

Así hablaba en presencia de algunos inteligentes y en su consecuencia y a indicación de varios cinematografistas, en breve comenzaremos a reseñar los detalles de algunos cinematógrafos en particular, destinando una crónica a cada uno de ellos con cuantos detalles se nos faciliten al efecto.

En ello tendremos verdadera complacencia entendiendo que así contribuímos a enaltecer, dentro de la justicia, cuanto en este orden de cosas encierra España y muy significadamente la hermosa y universalmente admirada Barcelona.

Barcelona, Septiembre 1912